martes, junio 23, 2009
viernes, junio 19, 2009
EL STAND DE PENTECOSTES
Hermanos les compartimos el tema de la madrugada sobre PENTECOSTES, a cargo de Esteban Hauway
Javier Leoz
Alguien habrá escuchado alguna vez aquella anécdota que nos cuenta como cierto día, un hombre entró a un singular local que se llamaba "La Tienda del Cielo" y cómo se asombró al ver que aquel lugar era atendido por ángeles, y que en los anaqueles se encontraban expuestos unos elegantes recipientes de cristal.
Según nos narra la anécdota, el cliente se acercó a los expositores y pudo ver en ellos las etiquetas de lo que contenían. Leyó con asombro: Misericordia, Paz, Sabiduría, Paciencia, Fortaleza, Consejo, Paz, Ciencia, Fe, Esperanza, Amor; en fin, una larga lista de productos de este tipo. Comprendió que lo que vendía aquella tienda no eran bienes materiales, sino más bien cualidades, virtudes y dones espirituales.
El visitante prosiguió su recorrido y después de pensarlo un poco, hizo un inventario de lo que consideró eran sus propias virtudes y sus carencias. Se dio cuenta que estas últimas eran muchas y aprovechando que estaba ahí procedió a hacer su pedido; decidió comprar "Oración" -pues hacia tiempo la suya era muy pobre-, llevaría también "Humildad" -que ya desde ese momento, estaba haciendo su efecto-, agregó a su pedido un poco de "Caridad" y por último llevaría "Consejo", aunque al final recapacitó y lo cambió por "Prudencia". Completó la lista con todo aquello que creía le era necesario para ser feliz y hacer más felices a los demás.
Al llegar a la caja, el comprador dijo al ángel que le atendió: "Esto es lo que voy a llevar, todo esto es lo que me hace falta". El ángel recibió la hoja de pedido.
Momentos después, el ángel regresó con un diminuto paquete y lo colocó sobre el mostrador. El cliente sorprendido le preguntó: "¿Eso es todo? Pero si he pedido varias cosas, algunas de ellas bastante importantes…, yo imaginaba que me llevaría un gran paquete". A lo que el ángel, dirigiéndole una tierna mirada, le respondió: "Efectivamente, en este pequeño paquete se encuentra todo lo que ha pedido, lo que sucede es que aquí todos los dones se dan en semilla, se colocan en el corazón y con el tiempo, después de regarlos y cultivarlos darán su fruto. Aquí no vendemos frutos… aquí entregamos semillas".
Necesitamos, hoy más que nunca, buscar esas “tiendas” donde elegir esos dones necesarios para fortalecer nuestras entrañas de enamorados de Jesucristo.
¿Quieren acompañarme en estos días de PENTECOSTES por el “stand” de los dones del Espíritu Santo?
Les oferto, en nombre de Dios, estos siete divinos regalos en forma de semilla:
- Sabiduría – Inteligencia – Consejo – Fortaleza – Ciencia – Piedad - Temor de Dios
Si me preguntan por el precio les contestaré que Jesús ya pagó por todos. De todas formas una oración bien hecha, la eucaristía profundamente vivida, la caridad puntual, el dominio de uno mismo, la contemplación, la alegría cristiana, etc., hacen posible el que esas semillas se vayan haciendo visibles en nosotros.
¿Quieres comprarlas?
PENTECOSTÉS es esa oportunidad para pedir a Dios que nos envíe esos dones necesarios para alcanzar la perfección en nuestra vida cristiana. La Iglesia, la parroquia, la comunidad, la catequesis, los grupos, etc., son “sucursales” donde podemos acercarnos y ver qué necesitamos o en qué andamos sobrados.
PENTECOSTÉS es sentir la fuerza de ese gran desconocido para muchos cristianos como es el Espíritu Santo.
Cuando uno lo vive vence todo obstáculo, desaparecen los temores y los temblores de su personalidad y se siente empujado a proclamar a los cuatro vientos (aún en medio de muchas dificultades) el tesoro del Evangelio.
Al igual que los contemporáneos de Jesús, muchos cristianos, siguen con sus puertas cerradas por miedo a los “fantasmas” (comodidad, inseguridad, etc.) que se presentan de muchas y de diversas maneras como enemigos de la fe.
Con el ESPÍRITU SANTO recuperaremos la fuerza y el brillo de la fe, nos sentiremos confirmados en la misión que llevamos entre manos y abriremos surcos para la alegría y la salvación que nos trae Jesucristo.
Para Reflexionar
La celebración de Pentecostés nos invita a acoger y agradecer los dones del Espíritu Santo que nos han sido dados y a plantearnos cómo estamos respondiendo al envío que, con el don del Espíritu, Jesús resucitado ha hecho a la comunidad naciente de sus discípulos.
Como Grupo Madrugadores de San Francisco:
¿Qué dones necesitamos del Espíritu Santo, cuáles agradecemos y qué frutos esperamos entregar?
¿Reconocemos “fantasmas” que nos hacen mantener las puertas cerradas manteniéndonos al margen, sin involucrarnos profundamente en nuestra Comunidad?
¿Nos sentimos realmente Comunidad de Discípulos de Jesús Resucitado?
viernes, mayo 22, 2009
COPIAPO, SEXTO ANIVERSARIO "Como los peregrinos de Emaús , hagamos camino junto a Jesús"
Los días 8 y 9 de mayo se llevo a cabo un retiro cuyo tema central era "Camino de Eamaus", se realizó en el camping de Bahía Inglesa, ya tradicional en nuestros eventos y que nos da la paz, y lejania para realizar unos maravillosos encuentros con los hermanos comunitarios.
El retiro se inició con una reflexión realizada por nuestro guía el Padre Maurizio Bridio, Parroco de San Francisco, el día viernes por la noche, para luego hacer silencio hasta el alba.
A las 5:30 horas nos levantamos para rezar el rosario del Alba, en la playa, y caminamos hasta la capilla de Bahía Inglesa, llamada Capilla de San Francisco, en donde a las 7 horas celebramos nuestra madrugada.
Luego se compartió un desayuno comunitario, para dar inicio al retiro, cuyo tema central era el Evangelio de Lucas 24, 13 -35
Reflexionemos:
Agradezcamos el que estemos hoy juntos aquí, y tener la oportunidad de reflexionar acerca de nuestra vida “como laicos”, y en específico de este estilo de vida particular que nos aporta la espiritualidad de los madrugadores.
Que mejor que partir con la escena de Emaús para contemplar y reflexionar acerca de nuestro ser, en ese caminar –que hoy todos continuamos haciendo-
Los discípulos “no veían” a Cristo ,“no es que no ven sino que viendo no ven”,
El verlo es parte de nuestro camino, al contemplarlo nos enamoramos de él y actuamos en consecuencia.
…Un peregrino va junto a nosotros, en cada parada, en cada silencio, en cada momento de Formación; Ese peregrino nos entrega su aliento para construir, para dar la vida… aunque bien sabemos que no somos dignos de recibirlo, ni mucho menos de su compañía, pero él está allí…nos acompaña…. Él nos ama…ES JESUS!!
Se abrieron sus ojos
En el atardecer del día de la Pascua, dos discípulos de Jesús caminan de Jerusalén hacia Emaús (Lc 24, 13 – 35). Discretamente, como por casualidad, Jesús se les une y se pone a caminar con ellos; pero ellos no le reconocen. Una imagen de la Iglesia: como los discípulos, también la Iglesia camina en compañía de Jesús, a quien no vemos.
“… a quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de una alegría inefable que os transfigura” (1 Pe 1,8)
En efecto, la Iglesia no se sostiene si no es por la fe. No vemos a Cristo, jamás le hemos tocado con nuestras manos, pero creemos en él. En Emaús, aunque no le reconocen, el Señor cambia la tristeza de los discípulos en una alegría que hace arder su corazón y les transforma en apóstoles.
Como el relato de los peregrinos de Emaús es nuestra propia historia, nos sentimos cerca de estos hombres, en su soledad y abatimiento. También nosotros conocemos momentos en los que la fe parece no ser más que piadosa fantasía, proyección nacida de nuestra imaginación. Y al igual que los discípulos, pocas veces comprendemos que precisamente en tales momentos el Señor está muy cerca de nosotros. La petición de estos discípulos debería ser siempre la nuestra: “Quédate con nosotros, Señor”. Cuando las tinieblas nos envuelven y la soledad invade nuestro corazón, háblanos, Señor, que nuestros corazones se encuentren, que una chispa de tu gloria nos ilumine y brille a través de nosotros. Y después de hacer esta petición, debemos escuchar sin la menor preocupación. La oración es, ante todo, un tiempo de quietud y de escucha para que Dios pueda comunicársenos, hablar a nuestros corazones y derramar en ellos la alegría que Jesús resucitado vino a traer.
“Conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos; pero ellos estaban cegados y no podían reconocerlo” (Lc 24, 14 – 16).
Los dos hombres del camino de Emaús están tristes. Preguntados por la causa de su tristeza, responden: porque Cristo ha muerto. No son incrementes, ni son hombres que nunca hayan oído hablar de Cristo o que, habiendo oído, hayan rechazado su mensaje. Al contrario, habían consagrado realmente su vida a Jesús de Nazareth, en cuya presencia habían encontrado una nueva certeza y a quien habían amado con sincero afecto. Un afecto que, sin embargo, tal vez había sido demasiado humano y demasiado falto de fe. Los discípulos de Emaús querían signos tangibles a los que agarrarse. Pero esos signos han desaparecido. Ahora que deben vivir únicamente de la fe, descubren cuán tristes es una fe que no llega hasta el final. Pueden enumerar con bastante exactitud los hechos concernientes a Jesús, pero es revelador que los hechos a los que se refieren sólo abarcan hasta el momento de su pasión y muerte. Cuando Jesús reacciona como si no supiera lo que había sucedido, comienza su explicación:
“¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí estos días? Él les dijo: “¿Qué cosas?” Ellos le dijeron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo y a quien nuestros sumos sacerdotes y magistrados crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien liberara a Israel, pero ya hace tres días que sucedieron todas estas cosas” (Lc 24, 18 – 21).
Lo único que pueden hacer es repetir fielmente el relato de lo que le ha sucedido a Cristo: pero excluyen la Resurrección, y ahí está la diferencia. La fe sin la resurrección es una fe apagada, inquieta, desalentada, irreal. Por el contrario, la fe que incluye la Resurrección es totalmente diferente: positiva, llena de paz, de alegría profunda y de todos los demás frutos del Espíritu. Además, quien no cree en la Resurrección no se equivoca sólo con respecto al hecho de este misterio, sino también con respecto a todo cuanto lo precede, pues esta última frase de la vida de Cristo transforma todo lo anterior. La gran contribución de la exégesis moderna consiste en haber mostrado esta influencia de la Resurrección en todo el Nuevo Testamento, y de manera especial en los Evangelios. Su suprimimos los pasajes de la Resurrección de Cristo, lo único que nos queda es un libro muerto; un libro del que ha desaparecido la vida porque le hemos quitado su savia. El fundamento de nuestra fe es la Resurrección. Y si se toca este fundamento, la fe se hace triste y vacilante y deja de ser creíble. Las palabras de Pablo son inequívocas:
“Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también nuestra fe. Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!” (1 Cor 15, 13 – 14.19).
La expresión “fundamento de nuestra fe” no significa que la Resurrección nos dispensase de creer. La fe en la Resurrección era precisamente lo que les faltaba a los discípulos de Emaús; por eso no encuentran en Cristo más que decepción: “Nosotros esperábamos…” Lo tenían todo perfectamente pensado: habían creído que aquel rabino de Nazaret iba a expulsar a los detestados romanos e iba a liberar a Israel de su humillante opresión; pero el papel que atribuían a Jesús, expresión de sus deseos, se lo habían inventado ellos. La fe no se representa nada por adelantado; la verdadera fe es abierta: la verdadera fe escucha, no inventa; recibe, no dicta ni ordena. La falta de fe real de los discípulos de Emaús muestra que su verdadera conversión está aún por llegar.
Nos queda una última reflexión a propósito del episodio de Emaús. En el mismo momento en que reconocen con alegría al Señor resucitado, aquellos hombres se sienten impulsados a volver inmediatamente a Jerusalén para compartir la Buena Noticia con los otros discípulos. Quien encuentra al Señor resucitado se transforma en apóstol que debe difundir el mensaje recibido.
. Pero ¿cómo podemos ser mensajeros de la Buena Noticia si nosotros mismos seguimos sumidos en la tristeza? Efectivamente, debemos abandonar en el Señor nuestros desalientos, debemos exponerlos al poder contagioso del Señor resucitado, para que sea él quien cure nuestras heridas y cree la comunidad reunida por la gozosa fe en la resurrección. "
Después compartimos un asado para celebrar nuestro aniversario
Pueden ver fotos en nuestro Album
lunes, marzo 23, 2009
SIGNOS Y GESTOS LITURGICOS
lunes, marzo 02, 2009
COPIAPO, CUARESMA 2009
Cuaresma: Si busco a Dios, es el momento para caminar, para buscarlo, para encontrarlo y purificar el corazón.
La Cuaresma es un camino, y las cenizas sobre nuestras cabezas son el inicio de ese camino. El momento en el cual cada uno de nosotros empieza a entrar en su corazón y comienza a caminar hacia la Pascua, el encuentro pleno con Cristo.
El camino de Cuaresma va a purificar el corazón, quitar de él todo lo que nos aparta de Dios, todo aquello que nos hace más incomprensivos con los demás, quitar todos nuestros miedos y todas las raíces que nos impiden apegarnos a Dios y que nos hacen apegarnos a nosotros mismos.
La Cuaresma es una pregunta que entra en nuestro corazón para cuestionarnos precisamente esto:
¿Estoy buscando a Dios, buscando la gloria humana, estoy buscando la comprensión de los demás?
¿Estoy dispuesto a purificar y cuestionar mi corazón?
¿Estoy dispuesto a encontrarme con Nuestro Padre en mi interior?.
Son días de escucha atenta de la Palabra de Dios que nos vuelve a llamar a un cambio de vida según el Evangelio de Jesús.
Salmo 51(50)
¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas!
Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado
Porque yo reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí.
Contra ti, contra ti solo pequé e hice lo que es malo a tus ojos. Por eso, será justa tu sentencia y tu juicio será irreprochable;
Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, que tu espíritu generoso me sostenga:
Abre mis labios, Señor, y mi boca proclamará tu alabanza.
ORACIÓN DURANTE LA CUARESMA
Ayúdame a hacer silencio, Señor, quiero escuchar tu voz. Toma mi mano, guíame al desierto, que nos encontremos a solas, tu y yo. Necesito contemplar tu rostro, caminar juntos. Me pongo en tus manos, quiero revisar mi vida, descubrir en qué tengo que cambiar, afianzar lo que anda bien, sorprenderme con lo nuevo que me pides. Ayúdame a dejar a un lado las preocupaciones que llenan mi cabeza, barre mis dudas e inseguridades, ayúdame a archivar mis respuestas hechas, quiero compartir mi vida y revisarla a tu lado. Me tienta la seguridad el "saberlas todas", tenerla "clara", no necesitarte. Me tienta el "hacer" y me olvido del silencio, aflojo en la oración. Me tienta la incoherencia, hablar mucho y hacer poco. Mostrar facha de buen cristiano, pero adentro, tener mucho para cambiar. Me tienta la falta de compro-miso. Es más fácil pasar de largo que bajarse del caballo y hacer la del samaritano. jHay tantos caídos a mi lado, Señor, y yo me hago el distraído!. Me tienta la falta de sensibilidad, no tener compasión, acostumbrarme a que otros sufren y tener excusas, razones, explicaciones... que no tienen nada de Evangelio. Me tienta, Señor, el desaliento, lo difícil que a veces se presentan las cosas. Me tienta la desesperanza. Me tienta el dejarlo para mañana, cuando hay que empezar a cambiar hoy. Me tienta creer que te escucho cuando escucho mi voz.
¡Enséñame a discernir! Dame luz para distinguir tu rostro. Llévame al desierto, Señor, despójame de lo que me ata, sacude mis certezas y pon a prueba mi amor. Para empezar de nuevo, humilde, sencillo, con fuerza y Espíritu, para vivir fiel a Ti. Amén









